Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de septiembre de 2008

Niels Bohr

Despues de varios meses de inactividad, volví, y estoy seguro de que seré aclamado por la gran diversidad de lectores que se regocijan con mis escritos (ja!, ni yo me lo creo).
Pero hoy no tengo ganas de escribir, por lo que voy a dejarlos, nuevamente, en manos de Adrian Paenza.
La historia es muy buena, por lo que si llegaron hasta acá, intenten leerla, no se van a arrepentir.
Como dijo un sabio amigo mío (léase, Facu), sigo hablando en plural, como si millones de personas me leyeran. Lo más probable es que me lea a lo sumo una o una persona y media. Pero dicen por ahi que lo que vale es la inteción!!!

Saludos

Niels Bohr

La que sigue, es una historia que me acercó Juan Pablo Paz –uno de los científicos más prestigiosos que tiene la Argentina– y que está dando vuelta hace un tiempo en los medios académicos (y no académicos también). En todo caso, después de leerla verá que ni siquiera importa si es cierta, aunque los físicos aseguran que sí. Lo que seguro vale la pena es discutir su contenido. Y pensar.

Muchas veces, en un colegio o en alguna facultad, un alumno tiene una idea distinta, una idea que el profesor no contempló, no pensó. Una idea: ni más ni menos que eso. Y la reacción del docente no siempre es la esperable: pensar con el alumno, dejarse desafiar por alguien que piensa diferente, que propone un ángulo diferente.

Este capítulo entonces, está dedicado a la reflexión a la que invita la siguiente historia:

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de ponerle un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba convencidísimo que su respuesta era absolutamente acertada.

“Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

“Leí la pregunta del examen y decía: ¿Qué haría usted para determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro?

“El estudiante había respondido: ‘Lleve el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio’.

“Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta, correcta y completamente.

“Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

“Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

“Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada.

“Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

“Me excusé por interrumpirlo y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:

‘Agarre el barómetro y tírelo al suelo desde la azotea del edificio. Calcule el tiempo de caída con un cronómetro.

“Después se aplica la fórmula:

Altura = 0,5.g.T2

(Donde g es la aceleración de la gravedad y T es el tiempo que uno acaba de calcular con el cronómetro)

‘Y así obtenemos la altura del edificio.

“En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.”Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.

‘Bueno’, respondió, ‘hay muchas maneras. Por ejemplo, agarrás el barómetro en un día soleado y medís la altura del barómetro y la longitud de su sombra.

“Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

“Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? ‘Sí, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, agarrás el barómetro y te situás en las escaleras del edificio en la planta baja. A medida que vas subiendo las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicás al final la altura del barómetro por el número de marcas que hiciste y ya tenés la altura. Este es un método muy directo.

“Por supuesto, si lo que uno quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

“En este mismo estilo de sistema, atás el barómetro a una cuerda y lo descolgás desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo podés calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyo, existen otras muchas maneras.

“Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

“En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares).

“Me dijo que sí, que evidentemente la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

“El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

“Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar”.

Extraido de Pagina 12. Contratapa

lunes, 3 de marzo de 2008

La Renuncia

Cuenta la historia que cierta tarde de otoño, Agustín Mazzeo, inescrupuloso empresario, caminaba bajo la sombra de los plátanos que decoran la plaza Mitre, cuando de repente apareció frente a sus inmutables ojos, el Diablo.

-Buenas tardes, Agustín- señaló Lucifer.

-¿Quién es usted?- preguntó Agustín con su usual arrogancia.

-Soy el Rey de la Oscuridad, el Patrón de los Llantos, el Dueño del Inframundo, el Comandante de las Fuerzas Demoníacas. Soy Lucifer, Satanás, Mefistófeles, el Diablo, y todos los Demonios juntos en un solo Ser.-

-¿Y qué necesita?- sugirió nuestro petulante transeúnte.

-Vengo a ofrecerte lo que quieras a cambio de tu alma, a cambio de una eternidad a mi lado.-

Los ojos de Agustín mutaron por lo único que lo movilizaba: la codicia.

-Quiero poder y dinero.- dijo simplemente.

-¿Cómo?- preguntó Satanás -¿Sólo eso? ¿No ambicionas descubrir el secreto de las ciencias, el saber del universo? ¿No prefieres poseer el control del tiempo, el amor de las mujeres, el talento indefinido, el placer del arte, a cambio de algo tan preciado como tu alma?-, preguntó el Diablo con disimulada impaciencia, a lo que Agustín, con inexplicable parsimonia, respondió:

-Con poder puedo someter a las mujeres más hermosas y hasta civilizaciones enteras, con dinero puedo tener todos los cuadros del mundo y todas las esculturas y toda la música y todo aquello que pueda saciar mi interés. No me preocupa conocer el secreto de las artes ni de las ciencias; no me preocupa poseer el talento en todas las expresiones humanas; no me preocupa crear… Si todo lo puedo comprar. ¿Para qué erigir ciudades cuando puedo conquistarlas con un simple movimiento de muñeca? ¿Para que pensar si puedo someter arsenales de pensadores?-

Satanás lo miró aterrado y por primera vez en su infinita existencia tuvo compasión. En ese instante comprendió que el alma del hombre ya estaba perdida, que quizás nunca tuvo alma o que ya pertenecía al reino de las tinieblas. Así mismo entendió que se desvanecía su privilegio de ser llamado el Diablo.

martes, 29 de enero de 2008

Mitos de ciudad (I)

El universo tiene la maravillosa capacidad de transformar un suceso o un conjunto de sucesos, que quizás duren tan solo unos pocos segundos, en un mito. Los mismos son arrastrados a través de las calles como guiados por túneles de viento perfectamente delineados, previo empuje involuntario, alcanzando confines inconcebibles por los seres comunes. El hombre, y aun más el hombre de pueblo o pequeña ciudad, colabora en esta expansión. Lo infla, lo cubre de matices, lo transfigura, manteniendo tal vez sólo la inmisión que lo hizo mito.
Acaso las leyendas que hoy nos regocijan y alimentan nuestro espíritu poco tengan que ver con lo real, con lo que verdaderamente pasó, con lo que le dio origen. Pero qué importa. Hoy, inmersos en un mundo racionalista que intenta explicar lo inexplicable; que pretende derribar fortalezas inexpugnables que antes dominaba la imaginación; hoy que cuesta soñar, que cuesta concebir inusitados mundos a partir de las cosas simples; hoy que lo único que sacia (sólo por un instante) nuestro interés y nuestras ganas de crecer es lo extremadamente complejo pero a la vez soso, lo carente de emociones que duren más que una palpitación, lo disimuladamente triste; ¿que mejor que dejarse llevar por estos mitos de dudosa veracidad?.
Aquellos hombres soñadores, sensibles, románticos, que aun poseen ideales de perfección, viven buscando mitos, quizás inventándolos, quizás imaginándolos. Y creen fervientemente en ellos. Y los defienden con aire compadrón. Es que necesitan creer en ellos para no olvidar su alma y teñir su rostro con tintes mefistofélicos, para no rendirse ante el olvido, para no morir frente al avaro, para no contagiarse de mediocridad...
Esta penosa introducción nos lleva a una pequeña ciudad distante cien kilómetros de la gran urbe. Digo pequeña ciudad para no decir pueblo, pues hacía poquito que había adquirido ese apelativo, una vez vencida cierta barrera demográfica. Lo cierto es que no conozco su nombre. Tampoco sé la época que nos acomete. Pero no son necesarios estos datos puramente informativos.
Por aquellos tiempos la amistad estaba de moda. Los muchachos adoraban juntarse a matear, guitarra de por medio, con el simple cometido de estar juntos, de intercambiar opiniones, de hablar de señoritas, en fin, con el implícito objetivo de soñar aunque sea por un rato. Y esto, aunque hoy parezca algo hastioso, era extraordinariamente eficaz. Los muchachos lograban olvidarse del mundo sanamente, sin el implemento de narcóticos, alucinógenos o alcaloides.
Parecía cosa de Mandinga pero el rock, el blues, y otros estilos de esta estirpe habían colonizado estos páramos. El viento ya dejaba oír (a lo lejos, o en el garage de a la vuelta) las trémulas y elaboradas variaciones LA-RE-MI, haciendo de soporte a inextricables solos con base pentatónica. De vez en cuando se escapaba una menor armónica tiñendo de una oscuridad casi gótica los tempos de blues, intercalados con yeites clasicistas. “Muchas veces la creación más simple es la más profunda, la que revela más fehacientemente los sentimientos de su creador y de sus músicos.” A veces la simpleza supera ampliamente a la complejidad. Dos acordes bien acomodados pueden decir más que la armonía más enredada. Lo que importa, en lo profundo, es la tenacidad y el espíritu de quien evoca la melodía (acompañada, obviamente, de un poco de técnica y conocimiento). Lo mismo sucede con la lírica. La poesía más hermética, más oscura, aquella que obedece celestialmente a la métrica y la rima, puede decir mucho menos que dos burdas palabras. El blues, como estilo, esta de acuerdo con estas reflexiones.
La cuestión es que esta fiebre había enloquecido a los muchachos, que decidieron no esperar más y poner en práctica sus pobrísimos conocimientos musicales y sus onerosos corazones. Ya no querían solo juntarse a guitarrear un tango o un blues, querían más, querían perfeccionarse, querían crear.
Pero la creación no es fácil. Como nuestros sagaces lectores seguro han podido elucidar, además de un talento intrínseco, se necesita dedicación, compromiso, ganas, interés, amor, por lo que la frustración era uno de los desenlaces probables...
De hecho tuvieron que comprometerse.
Una vez adquiridos los instrumentos necesarios hizo falta la búsqueda de un emplazamiento de ensayo. Con puntualidad religiosa se llevaban a cabo ensayos todas las semanas. Durante dos o tres o cuatro horas los muchachos lograban elevarse hasta mundos mágicos. La sala se transformaba entonces en un universo distinto, aislado del que conocemos, donde la tristeza no tenía cabida, sólo la imaginación, el entusiasmo y la alegría.
Las improvisaciones no obedecían ni a la mecánica newtoniana ni al relativismo einsteiniano. Parecían durar minutos, cuando en realidad transcurrían horas. Y sin embargo siempre quedaban ganas de seguir, de soñar. Cuando la casual conjunción de infinitas causas aparentemente aisladas logra una mezcla homogénea, concordante y supuestamente perenne como ésta, puede afirmarse que se ha logrado el cometido. No sé cuál es el cometido, ni siquiera si hay un cometido. Luego, debe haber algo oculto que permita estas extrañas coincidencias, pero es mejor su ignorancia (no pretendamos explicar lo inexplicable), sólo hace falta saber que “algo hay”.
Los ratos libres eran utilizados para componer, para escribir, para discutir posibles nombres de la banda (el problema más grande en todo grupo de música incipiente), para disertar nuevas incorporaciones, entre otras consideraciones de importancia formal.
En cada ensayo los muchachos transitaban (casi siempre a pie) interminables caminos con toda gama de equipos a cuesta, desde un simple micrófono hasta pesados amplificadores incómodos de cargar. Nuestros transeúntes debían sortear los más dificultosos escollos soportando condiciones extremas, desde calores tropicales hasta brisas gélidas de sudestada. Quizás se empiece a sospechar que todo esto puede ser un tanto inútil para, seguramente, no lograr nada (léase; reconocimiento, fama, dinero).
¿Para qué ensuciarse las manos con el humilde fin de ayudar a otro o de sentirse bien con uno mismo por un ratito? Hay que entender que los hombres nobles, parafraseando a Ortega, siempre buscan el camino difícil sin esperar nada a cambio, sólo para elevar su espíritu, sentirse realizados, crecer como seres humanos. Así, eluden el facilismo y buscan siempre la colina más empinada. Ellos creen que estas experiencias son las más provechosas, y las que quedan fijadas en la memoria.
Los ensayos solían terminar en batallas campales con los vecinos aledaños a la sala. Tal vez no resistían los estridentes acordes, tal vez no sabían apreciar esa expresión artística, tal vez volvían muy cansados de su monotonía y sólo quería dormir. Otros, por el contrario, hasta ofrecían casettes de míticas bandas como Creedence Clearwater Revival...
Cuando los ángeles se alineaban a su favor y el diablo se tomaba vacaciones, los muchachos encontraban una oportunidad para mostrar su pasión y su desarrollo. Es decir, hallaban un lugar para tocar en público. Esto es muy difícil en ciudades pequeñas donde quizás hay un solo bar.
Conociendo la esperada noticia, se daba a lugar a una intensa seguidilla de ensayos. Los muchachos se olvidaban de actividades básica para vivir como desayunar, dormir o sacar a pasear al perro. Luego, elaboraban psicodélicos panfletos que solían pegar a lo largo y a lo ancho de la ciudad, con el propósito de “invitar a los desconocidos al espectáculo”. Para su pegado utilizaban mezclas químicas extremadamente complejas y de ardua elaboración, que ni Boyd ni Lewis podrían entender (la llamaban engrudo).
Cuando el destino no estaba de su lado, organizaban encuentros con otras bandas, solicitaban espacios públicos (como una plaza), o bien, llevaban a cabo fiestas privadas con público seleccionado. Cuenta la historia que llegaron a tocar, en vivo, en la radio local (las fuentes son dudosas).
El resultado era siempre el mismo: problemas con el sonido (el perverso acople es inevitable), cortes de luz, poca gente, errores por nervios, cortes de cuerdas, voces desafinadas, falta de alargues, y una infinita lista de etcéteras.
Entre los pocos espectadores siempre resaltaban los locos fanáticos que alegran nuestra existencia y que no paraban de saltar y gritar canciones que ni conocían, como si estuvieran poseídos por el demonio...
Pero, lamentablemente, el tiempo de nuevo hizo lo suyo. El trabajo, el estudio, la incipiente adultez sacudió a los muchachos en forma brusca y repentina. No se dieron cuenta, no lo pudieron evitar.
Algunos pretendieron dirigirse al paraíso de concreto distante cien kilómetros, otros se quedaron trabajando en la ciudad. Pocos cultivaron su pasión musical.
En fin, la verdad es que nunca trascendieron más que unas pocas cuadras a la redonda. Tal vez grabaron algún humilde disco descoordinado, que hoy este por ahí cubierto de tierra, pero nada más que eso. Vale la pena decir que todo intento de comercialización fue fallido.
Entonces, pensará el lector, ¿dónde esta el mito sugerido anteriormente? Es más que evidente, está dentro de ellos, en el fondo de sus pechos, detrás del esternón. Este maravilloso mito es una ayuda más que les permite tener fuerzas para levantarse día a día, para salir a enfrentar la adversidad con una sonrisa en el rostro. Este mito les enseñó que la simpleza, la amistad y el amor son los valores más importantes, ya que disuelven lo material. Este mito permanecerá por siempre en sus memorias, sólo ellos lo recordaran, porque les enseñó a crecer, a creer en lo increíble, a soñar, a compartir con los de nuestra especie, a inventarse un nuevo mundo ajeno a la mediocridad hoy tan ponderada; porque les mostró un paraíso que pocos conocen, un paraíso que esta acá a la vuelta al alcance de todos. Empecemos a entender que no se necesita mucho para entrar en él, ni guitarras, ni extravagantes artilugios, ni magia, sólo corazón.
Gozosos aquellos que crean en su propio mito...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Los dos Reyes y los dos Laberintos

Jorge Luís Borges nació un 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires. Más tarde se convertiría en uno de los más destacados escritores de la literatura mundial.
Es una pena que muchos argentinos no conozcamos su extraordinaria literatura (sin tener en cuenta los cuestionamientos "no-literarios" que se han hecho contra su persona, que poco tienen que ver con las letras).
En fin, nunca es tarde para empezar a transitar su sublime obra, siendo este un buen momento para ello.

He aquí un pequeño cuento extraído de El Aleph (publicado en 1949, y revisado por el autor en 1974). Lo más sorprendente es la capacidad que pone en evidencia Borges (en este y tantos otros cuentos) para contar algo tan profundo, en solo pocas y simples líneas. Esto es, no es necesaria la extrema complejidad ni un pesado contenido para lograr comunicar una idea o un sentimiento. Esto no solo se da en la literatura, sino en diversas expresiones artísticas como la música, e inclusive en ciencias pragmáticas, como la física y la matemática.

Los dos Reyes y los dos Laberintos

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mando a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FIN