martes, 12 de octubre de 2010

Del pensamiento analítico

El relato policial es básicamente el que me impulsó a leer literatura. “Lo policial” podría definirse como el descubrimiento metódico y gradual de cualquier hecho misterioso (generalmente un asesinato o un robo, aunque esto podría extenderse) empleando primordialmente instrumentos racionales. Se considera a Edgar Allan Poe como su fundador, mediante el relato “Los crímenes de la Rue Morgue”. En él, Poe nos presenta a quien sería el primer detective clásico, Monsieur Auguste Dupin, instalando la psicología básica de estos personajes (bien recogida por Arthur Conan Doyle con su famoso Sherlock Holmes, y luego por Chesterton, Ellery Queen, Gastón Leroux, entre otros), e imponiendo un elemento fundamental, elemento que fundaría el género policial clásico: el pensamiento analítico.
"Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico [...] pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación solamente"; "Un género basado en algo totalmente ficticio; el hecho es que un crimen es descubierto por un razonador abstracto y no por delaciones, por descuidos de los criminales". Borges desdeñaría a los modernos autores policiales estadounidenses, posteriores a Poe, por intentar dejar de lado lo intelectual, lo analítico, en pos de la violencia, la persecución, la acción en sí misma, características más bien de los llamados policiales negros que del policial clásico (harto más imaginativo y fantástico). Borges recomienda más bien a los autores ingleses.
Lo que sigue es una extracción del cuento Los crímenes de la Rue Morgue, primer relato policial, en el que Poe presenta al genial Dupin, y expone un maravilloso ejemplo de lo que él consideraba es el pensamiento analítico. Sólo copié parte de la introducción, ni siquiera alcanza a mencionar el hecho central del cuento, pues sino la entrada resultaría muy extensa. Quise compartirlo porque considero esta pequeña deducción de una belleza sublime. Así mismo, sugiero que lean el relato completo… ¡no tiene desperdicios!

Extracto de Los crímenes de la Rue Morgue, de Edgar Allan Poe

Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.
Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada par excellence análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar.
(…)El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico.
El relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilustrarle en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.
Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18..., conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en París éstos son fáciles de adquirir.
(…)Íbamos una noche paseando por una calle larga y sucia, cercana al Palais Royal. Al parecer, cada uno de nosotros se había sumido en sus propios pensamientos, y por lo menos durante quince minutos ninguno pronunció una sola sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:
—En realidad, ese muchacho es demasiado pequeño y estaría mejor en el Théâtre des Varietés.
—No cabe duda —repliqué, sin fijarme en lo que decía y sin observar en aquel momento, tan absorto había estado en mis reflexiones, el modo extraordinario con que mi interlocutor había hecho coincidir sus palabras con mis meditaciones.
Un momento después me repuse y experimenté un profundo asombro.
—Dupin —dije gravemente—, lo que ha sucedido excede mi comprensión. No vacilo en manifestar que estoy asombrado y que apenas puedo dar crédito a lo que he oído. ¿Cómo es posible que haya usted podido adivinar que estaba pensando en... ?
Diciendo esto, me interrumpí para asegurarme, ya sin ninguna dada, de que él sabía realmente en quién pensaba.
—¿En Chantilly? —preguntó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted pensaba que su escasa estatura no era la apropiada para dedicarse a la tragedia.
Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex zapatero remendón de la rue Saint Denis que, apasionado por el teatro, había representado el papel de Jeries en la tragedia de Crebillon de este título. Pero sus esfuerzos habían provocado la burla del público.
—Dígame usted, por Dios —exclamé—, por qué método, si es que hay alguno, ha penetrado usted en mi alma en este caso.
Realmente, estaba yo mucho más asombrado de lo que hubiese querido confesar.
—Ha sido el vendedor de frutas —contestó mi amigo— quien le ha llevado a usted a la conclusión de que el remendón de suelas no tiene la suficiente estatura para representar el papel de Jerjes et id genus omne.
—¿El vendedor de frutas? Me asombra usted. No conozco a ninguno.
—Sí; es ese hombre con quien ha tropezado usted al entrar en esta calle, hará unos quince minutos.
Recordé entonces que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba sobre la cabeza una gran banasta de manzanas, estuvo a punto de hacerme caer, sin pretenderlo, cuando pasábamos de la calle C... a la calleja en que ahora nos encontrábamos. Pero yo no podía comprender la relación de este hecho con Chantilly.
No había por qué suponer charlatanerie alguna en Dupin.
—Se lo explicaré —me dijo—. Para que pueda usted darse cuenta de todo claramente, vamos a repasar primero en sentido inverso el curso de sus meditaciones desde este instante en que le estoy hablando hasta el de su rencontre con el vendedor de frutas. En sentido inverso, los más importantes eslabones de la cadena se suceden de esta forma: Chantilly, Orión, doctor Nichols, Epicuro, estereotomía de los adoquines y el vendedor de frutas.
Existen pocas personas que no se hayan entretenido, en cualquier momento de su vida, en recorrer en sentido inverso las etapas por las cuales han sido conseguidas ciertas conclusiones de su inteligencia. Frecuentemente es una ocupación llena de interés, y el que la prueba por primera vez se asombra de la aparente distancia ilimitada y de la falta de ilación que parece median desde el punto de partida hasta la meta final. Júzguese, pues, cuál no sería mi asombro cuando escuché lo que el francés acababa de decir, y no pude menos de reconocer que había dicho la verdad. Continuó después de este modo:
—Si mal no recuerdo, en el momento en que íbamos a dejar la calle C... hablábamos de caballos. Éste era el último tema que discutimos. Al entrar en esta calle, un vendedor de frutas que llevaba una gran banasta sobre la cabeza, pasó velozmente ante nosotros y lo empujó a usted contra un montón de adoquines, en un lugar donde la calzada se encuentra en reparación. Usted puso el pie sobre una de las piedras sueltas, resbaló y se torció levemente el tobillo. Aparentó usted cierto fastidio o mal humor, murmuró unas palabras, se volvió para observar el montón de adoquines y continuó luego caminando en silencio. Yo no prestaba particular atención a lo que usted hacía, pero, desde hace mucho tiempo, la observación se ha convertido para mí en una especie de necesidad.
»Caminaba usted con los ojos fijos en el suelo, mirando, con malhumorada expresión, los baches y rodadas del empedrado, por lo que deduje que continuaba usted pensando todavía en las piedras. Procedió así hasta que llegamos a la callejuela llamada Lamartine, que, a modo de prueba, ha sido pavimentada con tarugos sobrepuestos y acoplados sólidamente. Al entrar en ella, su rostro se iluminó, y me di cuenta de que se movían sus labios. Por este movimiento no me fue posible dudar que pronunciaba usted la palabra «estereotomía», término que tan afectadamente se aplica a esta especie de pavimentación. Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la palabra «estereotomía» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular, y sin que ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran nobula de Orión, y con toda seguridad he esperado que usted lo hiciera. En efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber seguido correctamente el hilo de sus pensamientos. Ahora bien, en la amarga tirada sobre Chantilly, publicada ayer en el Musée, el escritor satírico, haciendo mortificantes alusiones al cambio de nombre del zapatero al calzarse el coturno, citaba un verso latino del que hemos hablado nosotros con frecuencia. Me refiero a éste:
Perdidit antiquum litera prima sonum.
»Yo le había dicho a usted que este verso se relacionaba con la palabra Orión, que en un principio se escribía Urión. Además, por determinadas discusiones un tanto apasionadas que tuvimos acerca de mi interpretación, tuve la seguridad de que usted no la habría olvidado. Por tanto, era evidente que asociaría usted las dos ideas: Orión y Chantilly, y esto lo he comprendido por la forma de la sonrisa que he visto en sus labios. Ha pensado usted, pues, en aquella inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, usted había caminado con el cuerpo encorvado, pero a partir de entonces se irguió usted, recobrando toda su estatura. Este movimiento me ha confirmado que pensaba usted en la diminuta figura de Chantilly, y ha sido entonces cuando he interrumpido sus meditaciones para observar que, por tratarse de un hombre de baja estatura, estaría mejor Chantilly en el Théâtre des Varietés.

martes, 5 de octubre de 2010

Ecos, del otro lado

Estoy sólo frente a la inmensidad. Trató de oír, agudizo mi oído, pero nada se oye, sólo el albatros que atraviesa el lago inmóvil. Todo es silencio, todo es calma. Estoy sólo, pero esa soledad me acompaña. Y me veo como parte de ese todo, una parte minúscula, si, pero parte al fin. Y de pronto creo gritar y escucharme reverberando en las infinitas rocas. Me escucho, pero no se si soy yo realmente.

Ecos de un tiempo distante, quizás olvidado, me envuelven y se apoderan de mí… y me veo distante. Todo es verde y submarino, y a lo lejos el viento trae consigo una melodía que se mezcla con el agua y la luz en una explosión eléctrica, y todo se funde, y todo vuelve a ser nada. Siento que nazco nuevamente de ese barro y ese sudor que se unen en el completo azar. Soy lo que fui, pero veo lo que es ya no a través de ese velo impreciso. Nadie nos dijo el cómo y el porqué, quizá no existan o bien sólo baste mirar con otros ojos, fijar la vista en la inmensidad… y esas voces me hipnotizan, puedo escucharlas claramente, y necesito recordarlas. El silencio es ahora confusión, calma confusión, que de a poco se distorsiona, se vuelve ritmo percusivo, y exhala gritos equívocos.

Sólo resta animarse. Y aunque quisiera no levantarme más y hundirme en ese océano infinito, abro los ojos otra vez… hay tanta luz, todo es como era, pero se siente distinto, se huele distinto… y puedo ver mis huellas, y una melodía en delay me guía, me muestra los caminos que ya recorrí, puedo reconocerlos, sé que estuve ahí, y entiendo que nada fue vano… pero todo sabe distinto, todo tiene más brillo y más color. Las voces vuelven poco a poco, son voces que ya escuché, que estaban olvidadas en lo profundo de mi memoria, las reconozco y sonrío. El hammond se pierde en el sonido del agudo piano nuevamente, que insiste, pero al final se transforma en silencio, como volviendo tímidamente al punto de partida.

La calma regresa triunfal, mostrándome que estoy preparado para correr otra vez… y ahora sí se que estoy vivo.

martes, 28 de septiembre de 2010

Ecos, de este lado

Eco fue una ninfa, bella y joven. De su boca emergían las palabras más hermosas. Cualquier palabra, por más ordinaria que fuese, se tornaba perfecta articulada por sus labios. Eco amaba su voz, Eco era feliz pudiendo expresarse.

Zeus la usó para distraer a su esposa Hera: de esta manera no lo descubriría cometiendo adulterio. Sin embargo Hera no tardó en descubrir el engaño, y, obnubilada, castigó a Eco quitándole su voz propia, obligándola a repetir la última palabra que profería la persona con quien mantuviera una conversación.

Limitada a repetir sólo las palabras ajenas, Eco se apartó del trato humano...

Dicen también que retirada en el campo, lejos de los seres humanos, conoció a un pastor muy hermoso llamado Narciso. Eco se enamoró profundamente, pero éste al escucharla repetir sólo lo que él decía, la consideró loca y la ignoró… Eco lo persiguió incesantemente, no descansaba ni se alimentaba, sólo repetía sus palabras sin cesar. Así, fue debilitándose poquito a poco, hasta que de ella sólo quedó su voz, repitiéndose eternamente…


Eco me recuerda a todos aquellos que quisieron hablar pero no pudieron; aquellos que se atrevieron a pensar por sí mismos y a contradecir los modelos arraigados, y fueron acusados y torturados por ello; aquellos que intentaron mostrar que existe más de una forma de ver las cosas, que no todo es tan axiomático como parece, y perecieron en el intento; aquellos que lucharon con la palabra, y murieron acribillados; aquellos que se atrevieron a insinuar que se puede “ser”, y no fueron escuchados… y esto no es sólo parte del pasado…

Vale la pena escuchar el Eco de estas personas, que aun resuena en la memoria de algunos pocos…

domingo, 26 de septiembre de 2010

Preámbulo a esta nueva era

En fin, me había olvidado que existía este espacio. Básicamente lo había borrado de mi memoria. Pero por cuestiones que no vale la pena mencionar (si, si, a vos te estoy hablando, ¡esto no va a quedar así!) decidí volver, aun sabiendo que nadie se toma el trabajo de leer estas cuestiones (y lo bien que hacen). Eso sí, procuré cambiar levemente la estética del espacio, acomodé un poquito ciertas publicaciones pasadas, y por último y más importante, le cambié el nombre al Blog. “Ecos”, si les gusta bien, y sino “igual no me importa” (parafraseando a Iven).

¿Por qué “Ecos”? Es una buena pregunta. Básicamente por dos motivos que voy insinuar en las próximas dos publicaciones, que en apariencia no tendrían mucha relación entre sí. Sólo quiero comentar que hace unas semanas tuve la oportunidad de estar sólo frente a un paisaje montañesco exquisito, y escuchando nada, pude oír mi voz rebotando infinitamente. Y en ese instante (yo y el mundo) un maravilloso tema de Pink Floyd (“Echoes”, del cual extraje la pequeña descripción del Blog) atacó mi memoria, y lo escuché claramente, susurrado por el viento y el agua; y la música, tan humana, se mezcló con la naturaleza, y sentí que lo humano y lo natural se reconciliaban en una suerte de pacto infinito… y sonreí.


Sin más… ¡¡nos vemos por ahí!!

jueves, 25 de septiembre de 2008

Summer´ 68

El pasado lunes (15 de septiembre de 2008) murió Richard Wright, tecladista, compositor y voz de Pink Floyd (banda inglesa de rock progresivo que a estas alturas todos deben conocer).
Estoy totalmente seguro de que el mejor homenaje a alguien fallecido es el recuerdo, por lo que no voy a ponerme a hablar sobre su vida, sus creaciones, etc. (para eso están las biografías), sino, más bien, voy a invitarlos a disfrutar de su música. Creo que este es el mejor homenaje: recordarlo haciendo lo que el amaba.... música.
Lo que sigue es Summer´68, un hermoso tema compuesto por Richard. El mismo se encuentra en Atom Heart Mother, quinto disco de Pink Floyd.

Grande Richard!!!



sábado, 20 de septiembre de 2008

Fluidos No Newtonianos

Como todos deben o deberían saber un fluido newtoniano es alquel cuya viscosidad (resistencia a fluir) permanece constante en relación, digamos, al esfuerzo aplicado. No quiero entrar en especificaciones técnico-científicas, por lo que voy a hablar vulgarmente. Si aplico un esfuerzo creciente o decreciente a uno de estos fluidos (por ejemplo, agua o aire) la consistencia del mismo no varía; entonces, por ejemplo, si golpeo agua, la mano se hunde. En términos matemáticos la viscosidad representa la proporcionalidad entre el esfuerzo de corte (o densidad de flujo de cantidad de movimiento) y el gradiente negativo de velocidad (es decir, la dirección y modulo en que la velocidad decrece mas "rapidamente"). Esta proporcionalidad es lo que se conoce como ley de newton de la viscocidad.
Pero la naturaleza no es tan simple, y existen muchos fluidos en lo que esto no se cumple. Estos so denominados fluidos no newtonianos (violan la ley de Newton). Puede decirse entonces que un fluido no newtoniano es aquél cuya viscosidad varía con el gradiente de tensión que se le aplica. Como resultado, no tiene un valor de viscosidad definido y constante, a diferencia de un fluido newtoniano.
Para su tratamiendo se definen viscosidades aparentes, y surge toda una batería de modelos que intentan explicar el compartamiento de estos; pero esto no viene al caso.
La cuestion es que existe un tipo de fluido no newtoniano cuya viscodidad aparente se incrementa con el gradiente del esfuerzo cortante aplicado. Dicho de otra manera, es un fluido que se “endurece” cuanta más tensión se le aplica, llegando a comportarse casi como un sólido cuando ésta es lo suficientemente intensa, y volviendo a comportarse como un líquido cuando cesa. Luego, si yo golpeo con fuerza el fluido, el mismo se endurece, y si lo "acaricio" suavemente el mismo fluye, como el agua.
Esta magnifica creación de la naturaleza se conoce como fluido dilatante, y su comportamiento esta presagiado por el modelo de Ostwald de Waele, mejor conocido como Ley de la Potencia.
Lo más interesante es que pareciera que estos fluidos existiencen sólo en la ciencia ficción, sin embargo son tan comunes como la maizena (es decir suspensiones de almidón de maíz en agua) o soluciones concentradas de azucar en agua.
Lo que sigue es un video estraido de you tube que pone en evidencia lo antes dicho. Es muy divertido. Les sugiero que lo vean!!!



Salud!!

viernes, 12 de septiembre de 2008

Niels Bohr

Despues de varios meses de inactividad, volví, y estoy seguro de que seré aclamado por la gran diversidad de lectores que se regocijan con mis escritos (ja!, ni yo me lo creo).
Pero hoy no tengo ganas de escribir, por lo que voy a dejarlos, nuevamente, en manos de Adrian Paenza.
La historia es muy buena, por lo que si llegaron hasta acá, intenten leerla, no se van a arrepentir.
Como dijo un sabio amigo mío (léase, Facu), sigo hablando en plural, como si millones de personas me leyeran. Lo más probable es que me lea a lo sumo una o una persona y media. Pero dicen por ahi que lo que vale es la inteción!!!

Saludos

Niels Bohr

La que sigue, es una historia que me acercó Juan Pablo Paz –uno de los científicos más prestigiosos que tiene la Argentina– y que está dando vuelta hace un tiempo en los medios académicos (y no académicos también). En todo caso, después de leerla verá que ni siquiera importa si es cierta, aunque los físicos aseguran que sí. Lo que seguro vale la pena es discutir su contenido. Y pensar.

Muchas veces, en un colegio o en alguna facultad, un alumno tiene una idea distinta, una idea que el profesor no contempló, no pensó. Una idea: ni más ni menos que eso. Y la reacción del docente no siempre es la esperable: pensar con el alumno, dejarse desafiar por alguien que piensa diferente, que propone un ángulo diferente.

Este capítulo entonces, está dedicado a la reflexión a la que invita la siguiente historia:

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de ponerle un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba convencidísimo que su respuesta era absolutamente acertada.

“Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

“Leí la pregunta del examen y decía: ¿Qué haría usted para determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro?

“El estudiante había respondido: ‘Lleve el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio’.

“Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta, correcta y completamente.

“Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

“Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

“Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada.

“Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

“Me excusé por interrumpirlo y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:

‘Agarre el barómetro y tírelo al suelo desde la azotea del edificio. Calcule el tiempo de caída con un cronómetro.

“Después se aplica la fórmula:

Altura = 0,5.g.T2

(Donde g es la aceleración de la gravedad y T es el tiempo que uno acaba de calcular con el cronómetro)

‘Y así obtenemos la altura del edificio.

“En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.”Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.

‘Bueno’, respondió, ‘hay muchas maneras. Por ejemplo, agarrás el barómetro en un día soleado y medís la altura del barómetro y la longitud de su sombra.

“Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

“Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? ‘Sí, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, agarrás el barómetro y te situás en las escaleras del edificio en la planta baja. A medida que vas subiendo las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicás al final la altura del barómetro por el número de marcas que hiciste y ya tenés la altura. Este es un método muy directo.

“Por supuesto, si lo que uno quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

“En este mismo estilo de sistema, atás el barómetro a una cuerda y lo descolgás desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo podés calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyo, existen otras muchas maneras.

“Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

“En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares).

“Me dijo que sí, que evidentemente la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

“El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

“Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar”.

Extraido de Pagina 12. Contratapa